lunes, 3 de septiembre de 2007

El árbol

Faltaban ya pocos días para que talaran el bosque. Tal vez yo sentía tanto miedo porque sabía que iban a aserrarme. Pero ese miedo se fue alejando cuando empecé a escuchar dentro de mí la voz de mi madre. Recordé las palabras exactas con las que me habló aquella vez, la última vez:

“Prométeme que crecerás alto y frondoso, que sabrás ocupar mi lugar cuando yo ya me haya ido. Serás un buen árbol: te habitarán pájaros y niños, cobijarás con tu sombra los sueños de quienes duerman recostados en tu tronco.  Y cuando llegue la hora de irte, como me ha llegado a mí, no temas. ¡Quizá seas tallado por un artesano y te conviertas en un juego de ajedrez! ¡O mutes en guitarra de la mano de un hábil luthier!
Puedes llegar a ser muchas cosas: un cofre lleno de cartas de amor, un perchero poblado de bufandas, un ataúd o una cuna... Nunca llegarás a ser un gran mueble porque nuestra madera no es muy fuerte, pero no por eso te desanimes”

El recuerdo de mi madre hizo que me sintiera mejor y mi imaginación voló por las ramas. Pero jamás creí que acabaría aquí, convertido en cientos de lápices. Como tampoco nunca sospeché que una niña, cierta tarde, escribiría mi historia con uno de esos lápices, como si yo mismo se la hubiera dictado.